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Nueva York inaugura alcalde progresista

Happy family. El alcalde suele retratarse con su familia afroamericana.

Los grandes sueños no son un lujo reservado para unos pocos privilegiados. Estamos llamados a poner fin a las desigualdades sociales y económicas que amenazan con deshacer a la ciudad que amamos.” Con la mano derecha sobre la Biblia que utilizó Franklin Roosevelt, sostenida por el ex presidente Bill Clinton, Bill de Blasio prestó juramento en las escalinatas de la municipalidad de Nueva York, con el termómetro marcando varios grados bajo cero.
Bill de Blasio estaba escoltado por su multiétnica familia, su esposa, la escritora y editora afroamericana Chirlane McCray –se asegura que es su gran asesora política– y sus dos hijos adolescentes. Una familia cool, todo un símbolo de progresía.
Hacía veinte años que la ciudad más grande de Estados Unidos no tenía un alcalde demócrata.
De Blasio, que prometió aumentar “ligeramente” los impuestos a los más ricos para poder financiar la educación preescolar de todos los niños de cuatro años y programas de tarde en las escuelas, aseguró: “La justicia económica y social empieza aquí y ahora”.
El nuevo alcalde, originario de Brooklyn, sabe bien por qué consiguió el 74% de los votos, qué es lo que esperan de él los neoyorkinos: que acabe con las profundas desigualdades sociales que encierra esta ciudad de 8,4 millones de habitantes y que la policía no se ensañe con los negros y los latinos, como ha sucedido en las últimas dos décadas de reinado de Rudolph Giuliani primero y de Michael Bloomberg, hasta el miércoles pasado.
No será fácil para Bill de Blasio acabar con la profunda división económica y social de la mítica Nueva York, gestionada como una gran empresa por el segundo hombre más rico de la ciudad.

Bloomberg, un demócrata reconvertido en un muy particular republicano –con un capital personal estimado de 31.000 millones de dólares–, donó más de 600 millones de dólares de su bolsillo a la ciudad durante sus tres mandatos, se asignó un sueldo simbólico de un dólar y siguió viviendo en su propia mansión en el elitista Upper East Side, aunque no dudó en pagar los cinco millones de dólares que costaron las reformas de la Gracie Mansion, donde vivirá el nuevo alcalde y su familia.
Bill Clinton le reconoció que tras su paso por la Alcaldía –asumió su cargo poco después de los atentados del 11-S– Nueva York es “más limpia y más segura”, pero, por cortesía, omitió decir que al mismo tiempo se había convertido en una de las ciudades más desiguales económica y socialmente de Estados Unidos.
Bloomberg recalificó cerca del 40% del suelo de la ciudad para reurbanizar Manhattan, mejorar zonas residenciales y zonas industriales deprimidas y para atraer a empresas de alta tecnología, lo que redundó en beneficio de la economía local. El turismo se disparó hasta alcanzar los 54 millones de visitantes. Pero las macroestadísticas, una vez más, ocultan las desigualdades de la ciudad, el creciente deterioro de la sanidad y educación públicas, de la vivienda social, de las subvenciones sociales.
Hoy día, el 46% de los 8,4 millones de habitantes de la ciudad –el estado de Nueva York tiene 18 millones de habitantes– es oficialmente pobre, decenas de miles de personas duermen en la calle; 50.000 hombres y mujeres se alimentan diariamente en los desbordados y deteriorados albergues municipales; los precios de la vivienda se han disparado, haciéndola inaccesible para casi la mitad de la población.
Pero estas cifras de la ciudad más importante de Estados Unidos no son, en definitiva, más que un reflejo de la situación social en el país más rico del mundo.
Más de 47 millones de personas, el 15% de su población, es oficialmente considerada pobre y otros 18 millones viven en el umbral de la pobreza. En total, casi 50 millones de personas –de una población de 317 millones– vive en hogares con “insuficiencia alimentaria”, datos que desdicen el mito de “país con oportunidades para todos”.
La crisis financiera que estalló en Estados Unidos en 2008 y que se expandió rápidamente por todo el mundo desarrollado, no ha afectado a todos por igual. Las desigualdades sociales en Estados Unidos se han agudizado año tras año desde entonces. Actualmente, más de un tercio de la riqueza nacional está en manos del 1% de la población, pero los millonarios pagan el 25% menos de impuestos que en la década de los ’90.
El nuevo alcalde neoyorquino se propone revertir esa situación en su ciudad, y muchos han querido ver en sus promesas y en su perfil la llegada de aire fresco a Estados Unidos, una ola de progresía.
Bill de Blasio fue responsable del Departamento de Vivienda y Desarrollo Urbano en el gobierno de Bill Clinton, con quien mantiene fuertes lazos políticos y personales, y fue también jefe de campaña de Hillary para las elecciones al Senado federal, en 2000. Ella, que todavía no ha desvelado si disputará la candidatura demócrata a las próximas elecciones presidenciales, estaba también presente en el acto de asunción de De Blasio.
Con un pasado abiertamente progresista, De Blasio ha provocado enormes expectativas entre la población más postergada no sólo de Nueva York, sino también a nivel nacional. Si bien las encuestas de opinión muestran desde hace tiempo que una mayoría de la población rechaza la creciente desigualdad social y reclama una mayor presión fiscal sobre las grandes fortunas y las grandes empresas, eso no llega a traducirse políticamente.
Los republicanos, con el control de la Cámara de Representantes, han bloqueado sistemáticamente desde hace años los intentos de Barack Obama de subir los impuestos a los ricos para poder aumentar el gasto social.
Obama cumple este mes cinco años en el poder y se encuentra en uno de sus índices de popularidad más bajos, y a pesar de que el triunfo electoral de De Blasio supone para su Administración un balón de oxígeno, el Partido Demócrata no tiene las cosas fáciles ante las próximas contiendas electorales.
En noviembre de 2014 tendrán lugar elecciones legislativas, donde los demócratas intentarán recuperar el control de la Cámara de Representantes. Para lograrlo es clave lo que suceda antes en varios frentes. El primero de ellos es la reforma sanitaria, la reforma estrella de Obama, que arranca con el nuevo año, pero en cuya gestión ha habido numerosos errores y que aún tiene que pasar la prueba de qué número de personas se inscribe finalmente antes del plazo del 31 de marzo fijado.
En simultáneo con ésta se librará nuevamente, antes de finales de febrero, la batalla parlamentaria entre republicanos y demócratas sobre el techo del gasto público, que se salvó sólo temporalmente en Octubre pasado por un consenso bipartidista in extremis, tras quedar paralizada durante días la actividad de buena parte de la Administración pública.
Lo que suceda en esos dos frentes será clave también para emprender la otra gran reforma prometida por Obama desde su primera campaña electoral en 2008 y que balanceó a su favor al voto hispano: la reforma migratoria. Con ella se pretende regularizar la situación de 11 millones de sin papeles, la mayoría de ellos hispanos.
El presidente ha prometido anunciar también en los próximos días los cambios en las actividades de espionaje masivo que la NSA y otras de las numerosas agencias de Inteligencia estadounidenses practican tanto sobre la población de Estados Unidos como la del resto del mundo.

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