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“Quiero justicia, verdad y belleza”

La activista de Pussy Riot Nadezhda Tolokonnikova habla de sus planes tras salir de prisión

Pese a las pocas noches transcurridas desde su liberación, Nadezhda Tolokonnikova parecía descansada y combativa cuando tomó asiento para su primera extensa entrevista con Spiegel, el viernes pasado. La conversación transcurrió en un automóvil, en el trayecto del aeropuerto internacional de Vnukovo al centro de Moscú. Su marido, Pyotr Verzilov, estaba sentado a su lado. Tolokonnikova, de 24 años, con las uñas pintadas de rojo brillante, estaba de buen humor. En poco tiempo empezó a hablar de las pobres condiciones de nuestras prisiones y de nuestro país en conjunto.

Dijo que no guarda rencor al presidente Vladimir Putin, pero está decidida a cambiar el sistema que él ha creado. Luego se puso a cantar unas líneas de una canción que escribió en la cárcel, en la que se mofa de la tendencia de Putin de aparecer en fotos que acentúan el lado machista de su personalidad.

Tú atrapas un pez, pero yo quiero rebelión, cantó. Antes de asistir a una conferencia de prensa en el estudio de la televisora de oposición Dozhd, pasó a ver a su hija Gera, de cinco años, quien ha vivido con familiares políticos de la cantante desde que fue arrestada.

–Nadezhda Tolokonnikova, ¿cómo se siente después de regresar de la prisión en Siberia?

–No es fácil volver a la realidad luego de estar desconectada dos años. Y para ser sincera, siento una carga de responsabilidad hacia quienes siguen en prisión, así como quienes han apoyado a Pussy Riot y a mí en esta difícil situación. Desde que fui liberada, el martes de la semana anterior, sólo he podido dormir dos o tres horas por noche. Ahora es momento de dar algo a quienes creyeron en mí. Quizá cometí errores en el proceso. Creo que en esta ruta necesitaré la ayuda de las personas que piensan en términos políticos y no son indiferentes a nada.

–¿Cómo era su vida en prisión?

–Pasé la mayor parte del tiempo en una colonia penal en Mordovia. Mi día allí era así: despertar a las 5:45 am, 12 minutos de ejercicio tempranero, luego desayuno y trabajo forzado de costurera. Tener permiso de ir al baño o de fumar un cigarrillo dependía del humor de los guardias. La comida era grasosa y de mala calidad. La jornada de trabajo terminaba a las 7 pm, cuando se pasaba lista en el patio. Luego, a veces, teníamos que palear nieve o algún otro trabajo de limpieza. Después hacíamos fila para lavarnos un poco, y por fin a dormir.

–¿Podía leer libros?

–Casi no había tiempo. Mis ejercicios intelectuales eran en la máquina de coser.

–¿Recibió un trato decente?

–No. Era terrible. Intentaron todo para doblegarme y silenciarme. Los castigos colectivos eran los peores, casi insoportables. Por un pequeño gesto, o si pedía a los administradores del campo que observaran la ley, se asignaban 100 personas a una unidad de castigo, donde las golpizas eran rutinarias. Me trataron mejor que a otras, sólo porque había mucha atención pública. En mi caso, se adhirieron a la jornada de ocho horas prevista en la ley. A las otras mujeres las obligaban a esclavizarse hasta 16 horas diarias.

–¿Cómo se podría reformar el sistema penal ruso?

–No afirmo que todo lo que digo aquí sea la verdad absoluta. Pero esto se necesitaría: más ejercicio, una selección más amplia de actividades laborales para reflejar los talentos e inclinaciones de los prisioneros y una paga decente, de modo que los internos puedan comprar a veces algo sin apoyo externo. Me pagaban 25 rublos al mes por coser uniformes un día tras otro. Eso equivale en euros a 60 centavos (0.82 dólares). Yo estaría en muy mala forma si no hubiera recibido paquetes de comida. También sería muy importante evitar que unos prisioneros acosen a otros. Y creo que las actividades educativas son importantes. Por ejemplo, ¿por qué no enviar de cuando en cuando un grupo de teatro a presentarse en las prisiones?

–Porque el sistema penal ruso está orientado al castigo y la venganza, más que a la corrección.

–Para cambiar eso, mi compañera activista Maria Alyokhina y yo estamos en el proceso de fundar una organización de derechos humanos para prisioneros. La llamamos Zona de Ley, porque en Rusia las colonias penales son conocidas como zonas, y porque queremos que en ellas se observen las leyes y los derechos humanos. Los burócratas responsables de nuestro sistema penal deben guiarse por el humanismo y no por el principio del látigo. Me comprometí tanto con todo esto que incluso vislumbré esas prisiones más humanas en mis sueños. También soñé con reunirme al fin con el filósofo izquierdista eslovenio Slavoj Zizek. Él es un gran modelo para mí.

–¿Ya tiene planes concretos, o ha pensado en nuevas campañas?

–Sin duda hubo bastante tiempo para eso en prisión. Pronto enfocaremos nuestros performances en los derechos de los prisioneros y en reformar el sistema de los campos penales.

–¿Cómo conservó la fortaleza durante su encarcelamiento?

–Con el apego a mis principios, con el apoyo del exterior y con mi fe.

–¿Es cierto que pidió a su padre que le trajera un ícono cuando estuvo en prisión, y que él así lo hizo, como escribió un tabloide inclinado al Kremlin?

–Sí, una imagen de la Virgen María. Sin embargo, el marco se tuvo que quedar fuera porque era de vidrio, y había la idea de que yo podría intentar suicidarme o atacar a otros con pedazos de vidrio. Mi abuela me dio el marco cuando me liberaron, y el jueves, antes de regresar a Moscú, volví a poner la imagen dentro.

–Entonces ¿encontró consuelo en un ícono durante su estancia en prisión?

–Era importante para mí porque mi padre y yo siempre hemos mantenido una fuerte tradición en la familia. Siempre que íbamos juntos a la iglesia llevábamos un ícono que nos gustaba en particular. Con el tiempo acumulamos una gran colección en casa. De allí vienen mis raíces intelectuales, si usted gusta.

–Y fue usted, de todas las personas, la que realizó un acto de protesta política en la iglesia más importante de la nación. ¿Lo volvería a hacer?

–No, pero no porque quiera distanciarme de ese performance. En ese tiempo estaba decidida a hacer algo contra la alianza entre el Kremlin y la Iglesia, y en nuestra opinión la catedral de Cristo Salvador parecía el mejor lugar para eso.

–¿Puede entender que los cristianos ortodoxos se sintieran insultados cuando usted llamó perra al patriarca Krill, el líder su Iglesia?

–Claro que lo entiendo. Pero no olvide el papel de la propaganda del gobierno en todo este asunto. Jamás se mencionó en los medios del Kremlin el meollo político de nuestro performance. Sólo lo presentaron como un acto contra la religión. Pero no lo fue.

–¿Cree en Dios?

–Creo en el destino. Y en las profundidades de mi alma, soy cristiana ortodoxa. Creo que el Nuevo Testamento tiene especial importancia. Lo que Jesús y sus discípulos enseñaron e hicieron fue grandioso.

–A raíz de la condena a dos años en una colonia penal se volvió usted un ícono mundial de la libertad y la lucha contra el sistema autoritario de Putin, pero también un símbolo sexual. Es un papel que quizá no le guste, como líder de una banda punk feminista.

–Bueno, si soy un símbolo sexual, no es en el sentido clásico. Me opongo a la imagen tradicional del papel de la mujer. Pero si a alguien les parecen sexys nuestros performances espartanos y combativos, como el que hicimos en la catedral de Cristo Salvador, pues así son las cosas. Nadie puede afirmar que nuestra protesta en la iglesia se ajusta a la imagen clásica de las mujeres.

–Usted siempre procura lucir bien. Incluso en la jaula de Plexiglás del tribunal, siempre llevó maquillaje.

–¿Y qué con ello? Los hombres también deberían prestar atención a su apariencia y usar cosméticos de vez en cuando. Yo estoy por la igualdad. Todos deben sentirse libres de vivir abiertamente las partes de su personalidad que corresponden a la imagen clásica masculina o femenina.

–¿Cómo se siente con respecto a los grupos Femen, que expresan su protesta política mostrando los senos?

–Admiro a esas mujeres por la tenacidad y la regularidad con que realizan sus protestas. Pero presentarme semidesnuda no sería lo mío.

–¿Tiene razón el ex magnate petrolero Mijail Jodorkovsky cuando dice que el gobierno se ha vuelto un poco más humano después de liberarlo y conceder amnistía a Pussy Riot?

–No hay relajamiento. Es la expresión que siempre usamos en la Unión Soviética para describir una política de liberalización emprendida desde arriba. El gobierno sencillamente se vio obligado a reaccionar ante la presión de abajo y a la presión de la sociedad. Esto es resultado de los colosales esfuerzos cotidianos de quienes hacen campaña por los derechos civiles y humanos en Rusia. Sin embargo, me temo que habrá nuevos actos de represión después de los Juegos Olímpicos de invierno en Sochi. Los juegos son muy importantes para Putin y trató de reducir un poco las tensiones. Si dirigentes extranjeros viajan ahora a Sochi, estarán legitimando las políticas de Putin. Deben boicotear los juegos.

–Jodorkovsky escribió una carta abierta en la que se dirige a ustedes con un condescendiente muchachas. ¿Qué piensa de él y de sus planes de ir a Suiza?

–Nuestros caminos en la vida son muy diferentes. Sólo tenemos una cosa en común: nuestra experiencia en los campos. Espero que, en mi caso y en el de mis compañeras activistas de Pussy Riot, tenga por resultado dedicar toda nuestra energía a hacer campaña por la liberación de personas inocentes, el mejoramiento de las condiciones de las prisiones y un sistema político más democrático en Rusia. Si Jodorkovsky quiere apoyar nuestros proyectos, debe hacerlo. Pero nosotros de ningún modo le pediremos asistencia financiera a él o a otros. Desde luego, él estuvo preso más tiempo y bajo condiciones más severas que yo. Tal vez Mijail Jodorkovsky no sería el peor presidente para nuestra nación.

–¿Se siente agradecida con Putin por conceder amnistía a Pussy Riot?

–Me siento agradecida con quienes nos apoyaron mes tras mes, en Rusia y el extranjero. Debo mi liberación a la gente, no a los líderes políticos. Por eso debemos seguir aplicando presión.

–Pero la abrumadora mayoría de los rusos rechazaron su actuación en la iglesia y estuvieron de acuerdo con su castigo.

–Sí, bajo la influencia de la propaganda del gobierno. Una vez me permitieron viajar del campo a la capital provincial, Saransk, porque tenía que presentar allí mi solicitud de preliberación. Por primera vez tuve oportunidad de ver la televisión un rato. ¿Y qué vi en las noticias? Un minuto y medio sobre la guerra civil en Siria y las muchas víctimas allá, y luego 20 minutos de Putin en Siberia y cómo atrapó un lucio enorme. Es una locura.

–Sin embargo, aparte de la propaganda contra Pussy Riot, nos parece que ustedes no son particularmente populares.

–En el campamento traté precisamente con esa mayoría de la población. Pero cuando explicaba nuestros actos de protesta a las mujeres de allí, pronto se ponían de nuestra parte. En Rusia la gente sabe distinguir entre la verdad y las mentiras. Además, el arte moderno siempre ha despertado reacciones negativas. Después de todo, no somos el billete de 100 dólares que todo mundo quiere. Al contrario: la tarea del artista moderno es provocar a la sociedad y dividirla.

–Las cartas que usted recibió en prisión de su compañera activista Maria Alyokhina, quien fue liberada, sugieren que Pussy Riot no pondría objeción al uso comercial de su marca. ¿Quieren convertir su fama en dinero?

–No. Alguna vez pensamos en ganar dinero para ayudar a organizaciones no gubernamentales que, por ejemplo, quieren promover el feminismo y la protección ambiental en Rusia. Estábamos en detención preventiva con varias emprendedoras feministas, y nos animaban a hacerlo. Pero pronto dimos la espalda a esas ideas.

–¿Harán presentaciones en el extranjero?

–Desde luego. No en conciertos, sino en forma de conferencias sobre el sistema penal ruso.

–¿Qué es lo primero que hará la tarde de este viernes, cuando vea a Gera, su hija de cinco años?

–Dibujaremos gatos y conejos juntas.

–¿Cómo se mantuvo en contacto con ella mientras estuvo en prisión?

–Nos permitían hablar por teléfono una vez por semana, y a veces dos. Y Gera podía visitarme cada tres meses. Me llevaba dibujos. Una vez incluso dibujó un plan para ayudarme a escapar. Un plan de escape.

–¿Cómo le explicó su estancia en prisión?

–Ella supo desde temprano lo que yo hacía. Vio nuestros videos musicales, sólo los que no tenían palabras altisonantes. Le expliqué muy pronto lo que eran las elecciones y sabía exactamente quién es Vladimir Putin. Una vez le dije en broma que Putin vendría a nuestra casa el 4 de marzo, fecha de la elección presidencial de 2012. También es el cumpleaños de Gera. Le dio tanto miedo que se escondió debajo de la mesa.

–¿Se siente culpable de que usted y su marido hayan quitado tiempo a su hija a causa de sus protestas políticas?

–A un hombre jamás le harían esa pregunta.

–Por ejemplo, usted llevaba a Gera a las manifestaciones, como escudo protector, por así decirlo. El Frankfurter Allgemeine Sonntagszeitung incluso la comparó con miembros de la Fracción del Ejército Rojo, la organización terrorista alemana, que relegaban a sus hijos.

–Esos comentarios derivan de un punto de vista profundamente paternalista. La sociedad aún intenta reducir a las mujeres a los confines de su vida privada, al marido y los hijos, al hogar y el corazón. Toda mujer que tiene una carrera debe hacer sacrificios en lo referente a los hijos. No es diferente conmigo, como activista política, que con las mujeres de negocios, de las que por fortuna hay cada vez más en Rusia. O con una ministra del gabinete. Y además, luchamos por cambios para que nuestros hijos vivan un día en una Rusia mejor.

–En cartas a su compañera activista Maria Alyokhina, usted expresa la sospecha de que la tercera activista de Pussy Riot, Yekaterina Samutsevich, cooperó con el gobierno para ser liberada bajo palabra. ¿Se reunira con Yekaterina ahora o se han distanciado sin remedio?

–Pronto nos reuniremos. Y ahora creo que fue liberada porque hubo mucha presión sobre el Kremlin.

–¿Qué espera lograr ahora que está libre?

–Justicia, verdad y belleza.

–¿Diría que la vida en el campo penal la cambió?

–Hoy entiendo mucho mejor a Rusia, sencillamente porque estuve allá. Interactué con mujeres de grupos sociales con los que nunca me había encontrado. Es algo muy importante para una activista política como yo. Además, gané paz interior, la serenidad de un prisionero, por así decirlo.

 

(Traducida del alemán al inglés por Christopher Sultan)

© 2013 Der Spiegel

(Distributed by The New York Times News Service/Syndicate)

Traducción: Jorge Anaya

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